Por Rocío Delanoe
A veces aparece un pensamiento que no calza con quién eres. No lo eliges, no lo reconoces como tuyo y, sin embargo, trae una emoción que se siente en el cuerpo.
No hablo de pensamientos que te dan miedo o que te horrorizan; esos piden otro tipo de acompañamiento. Hablo de los que te desconciertan. Los que te hacen preguntarte: ¿por qué siento esto si yo no soy así?
Pensamientos que no tienen dónde anclarse en tu historia personal. Que no se explican por lo que vivieron las mujeres que te criaron. Que aparecen sin biografía. Y lo primero que traen es culpa, desconcierto, incomodidad, y a veces hasta vergüenza.
La culpa de sentir lo que no calza
Si eso no es coherente con quien soy, entonces algo está mal en mí. Si yo sé que puedo sola, si nunca he dependido de nadie, ¿por qué siento que el otro debería sostenerme? Si crecí viendo parejas donde nadie adivinaba nada, ¿por qué espero que sepa lo que necesito sin que se lo diga? Si mi madre trabajó toda su vida, ¿por qué una parte de mí siente que una buena madre no debería cansarse?
La culpa aparece porque estamos experimentando como propio algo que se siente ajeno al yo que hemos construido. Y desde la culpa, juzgamos: descartamos el pensamiento, lo empujamos al silencio. No lo miramos. No le preguntamos de dónde viene.
Y ahí empieza a operar la sombra.
La sombra: lo que el yo deja afuera
Desde la psicología analítica, Jung describió la sombra como aquello que el yo excluye de la consciencia para sostenerse como centro. No solo lo moralmente inaceptable, también lo que no calza con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Una mujer que se ha construido desde la autosuficiencia, que ha hecho de la autonomía su persona, su identidad —la máscara con la que se muestra al mundo—, ¿dónde pone el deseo de ser sostenida? En la sombra. No porque sea malo, sino porque no cabe en la imagen que ha necesitado para funcionar.
Lo que queda en sombra no desaparece. Aparece en la culpa, porque sentirlo se vive como una traición a lo que una es.
Pero hay algo más.
Cuando la biografía no alcanza

Cuando miras tu historia, estos anhelos no tienen dónde anclarse. Las mujeres que estuvieron contigo no te modelaron esa expectativa. Nadie te dijo que un otro debía hacerse cargo de ti. La biografía no lo explica. ¿Entonces?
Jung propuso que la psique individual no es solo producto de la experiencia personal. Tiene una dimensión prepersonal que se manifiesta en patrones presentes en todas las culturas y en todas las épocas. Los llamó arquetipos: disposiciones que no se aprenden ni se adquieren, sino que son estructurales; están ahí antes de cualquier experiencia particular.
La expectativa de que la pareja provea. La fantasía de un amor que adivine. La creencia de que una buena madre no se agota. No son necesariamente creencias que alguien te enseñó. Son imágenes arquetípicas del vínculo, patrones que organizan la experiencia humana desde antes de que tengamos palabras.
¿Arquetipo o linaje?

¿Es solo arquetípico? ¿O hay algo transgeneracional operando? ¿Es algo que no viene de la especie, sino de tu linaje particular? ¿Cuánto opera en nosotras lo desconocido? ¿Lo que no tuvo relación directa con nosotras, pero sí indirectamente… a través de los que quedaron en vida, de sus silencios, de lo que no pudieron elaborar?
Hoy la investigación en epigenética sugiere que algunas huellas del trauma y la adversidad podrían transmitirse entre generaciones, aunque la evidencia en humanos todavía es preliminar.
La distinción importa, porque cada nivel pide un trabajo diferente. Si lo que opera es transgeneracional, el trabajo es reconstruir la historia y nombrar lo no nombrado. Si lo que opera es arquetípico, el trabajo es diferenciarse del patrón sin pretender eliminarlo.
Probablemente sea ambas cosas a la vez. Lo arquetípico da la forma; lo biográfico y lo transgeneracional dan el color.
¿Por qué importa saber esto? Porque cuando confundimos lo arquetípico con lo biográfico, nos juzgamos. Y la culpa cierra la puerta al conocimiento.
Reconocer que hay patrones que nos atraviesan sin pertenecer a nuestra historia personal no elimina la emoción. Pero le da espacio. Permite mirarla sin la culpa de creer que deberías sentir distinto.

Preguntas para quedarte
¿Qué parte es mía?
¿Qué parte viene de mi linaje?
¿Qué parte pertenece a algo mayor que yo?
Si estas preguntas te resuenan, no tienes que responderlas sola. En Centro Mar acompañamos estos procesos desde un enfoque analítico, integrativo e informado en trauma. Agenda tu hora →
Sobre la autora
Rocío Delanoe: psicóloga clínica junguiana, especialista en terapia informada en trauma, docente académica y directora de Centro Mar. Agenda con Rocío →
Referencias
- Jiménez, J. P., Botto, A., Herrera, L., Leighton, C., Rossi, J. L., Quevedo, Y., Silva, J. R., Martínez, F., Assar, R., Salazar, L. A., Ortiz, M., Ríos, U., Barros, P., Jaramillo, K. y Luyten, P. (2018). Psychotherapy and genetic neuroscience: An emerging dialog. Frontiers in Genetics, 9, 257. https://doi.org/10.3389/fgene.2018.00257
- Jung, C. G. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Obra Completa, vol. 9/1. Madrid: Trotta.
- Pitillas, C. (2021). El daño que se hereda: comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Desclée de Brouwer.
